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Manuel Vicent

Aguirre, el magnífico

© 2011, Manuel Vicent

1985

De cómo fui nombrado biógrafo del duque ante el rey de España con un chorizo de Cantimpalos en la mano

El 23 de abril de 1985, en la Universidad de Alcalá, el novelista Torrente Ballester acababa de pronunciar en el paraninfo el discurso de aceptación del Premio Cervantes, y después de la ceremonia, con la imposición de la inevitable medalla, se celebraba un vino español en el severo claustro renacentista alegrado con algunas flores y setos trasquilados. Bandejas de canapés y chorizos de Cantimpalos, cuya grasa brillaba de forma obscena bajo un sol de primavera, pasaban a ras del pecho de un centenar de invitados, gente de la cultura, escritores, políticos, editores, poetas. Uno de ellos era Jesús Aguirre, duque de Alba. Lo descubrí en medio del sarao, transfigurado, redivivo, como recién descendido del monte Tabor. Me acerqué y le dije bromeando: «Jesús, ¿puedo tocarte para comprobar si eres mortal?». El duque me contestó: «Querido, a ti te dejo que me toques incluso las tetillas». Vista la proposición, expresada con una dosis exacta de ironía y malicia, le confesé que me proponía saludar al Rey, pero que en este caso prefería la compañía de un Alba a la de un Borbón. «¿No conoces a Su Majestad?» El duque tiró de mí para conducirme ante la presencia del monarca. Saludar al Rey después del frustrado golpe de Tejero del 23-F era un acto que estaba ya bien visto, incluso era buscado por los ácratas más crudos. El anarquista celeste Gil-Albert, poeta de la generación del 27, regresado del exilio de México, me dijo un día: «He rechazado muchas invitaciones a palacio, pero ahora no me importaría ir a Madrid a darle la mano a ese chico».

Don Juan Carlos vestía chaqué, empuñaba una vara de mando, se adornaba con el toisón de oro, un collarón con catorce chapas doradas, instituido en 1430 por Felipe III de Borgoña en honor de sus catorce amantes, que al parecer tenían todas el sexo rubio, como el vellocino de oro. Nuestro Rey lucía esa orden y ahora estaba rodeado de tunos cuarentones que se daban con la pandereta en la cabeza, en el codo, en las nalgas, en los talones y le cantaban asómate al balcón carita de azucena y no sé qué más, como si fuera una señorita casadera. Jesús Aguirre se abrió paso en el enjambre de guitarras y plantado ante el Rey dijo muy entonado: «Majestad, le presento a mi futuro biógrafo». Y a continuación pronunció mi nombre y apellido, mascando con fruición las sílabas de cada palabra. El Rey echó el tronco atrás con una carcajada muy espontánea y exclamó: «Coño, Jesús, pues como lo cuente todo, vas aviado». Esta salida tan franca no logró que el duque agitara una sola pestaña, sino una sonrisa cínica, marca de la casa. En ese momento, entre el rey de España, el duque de Alba y este simple paisano apareció a media altura una bandeja de aluminio llena de chorizos de regular tamaño, cada uno traspasado por un mondadientes, como se ven en la barra de los bares de carretera a merced de los camioneros. Una señora vestida en traje regional, de alcarreña o algo así, ofreció el presente con estas palabras: «¿Un choricito, Majestad?». Y Su Majestad exclamó: «¡Hombre, un chorizo! ¡Venga, a por él!». Jesús Aguirre, obligado tal vez por el protocolo, alargó también la mano. Con un chorizo ibérico en el aire trincado con el mondadientes, Su Majestad me dijo: «Y tú qué, ¿no te animas?». Contesté algo confuso: «No puedo, señor, estoy cultivando una úlcera de duodeno con mucho cariño».

Con la boca llena de chorizo, ni el Rey ni el duque podían emitir palabra alguna y menos una opinión que no fuera el placer que se les escapaba a través de una mirada turbia, y por mi parte yo no encontraba un pensamiento que fuera el apropiado para la ocasión. Mientras ambos en silencio salivaban el don del cerdo, pude contemplar cómo por la barbilla real y por la comisura del duque se deslizaba una espesa veta de grasa, imagen de una felicidad que más que a la monarquía y al ducado correspondía al pueblo llano. «No sabes lo que te pierdes», dijo el rey de España cuando ya pudo hablar. Los tunos habían acompañado este encuentro con la canción de Clavelitosy luego se fueron a dar la tabarra a otros invitados.

En la fiesta se comentaba el atentado acaecido unos días antes en el restaurante El Descanso, cerca de Torrejón, atribuido a la Yihad Islámica, que había cosechado dieciocho muertos y más de ochenta heridos. La posibilidad de saltar por los aires mientras uno come chuletas con la familia en un merendero, a causa de un hipotético agravio a una secta religiosa o por una injusticia social que sucede en cualquier rincón del mundo, comenzaba a ser incorporada a la conciencia colectiva española. El sentido de la culpa universal era una dádiva que acababa de regalarnos la historia y que ya no nos iba a abandonar. Usted es responsable de la cólera de un fanático, que expresa su venganza a diez mil kilómetros de distancia. «¿Otro choricito, Majestad?» «No, gracias», dijo el monarca.

El galardonado Torrente Ballester andaba cegato, irónico y un poco perdido recibiendo parabienes de todo el mundo en medio del cotarro. El duque de Alba y el escritor se encontraron y, después de abrazarse y felicitarse mutuamente, comenzaron a recordar detalles de una escena extraña que, al parecer, compartieron hacía ya muchos años. «Fue en mi piso de la avenida de los Toreros -dijo Torrente- cuando sucedió aquel prodigio. De pronto, Dios se apareció debajo de la cama de mi hijo Gonzalito y, como tú entonces eras el cura más moderno del mundo, te llamó Ridruejo para que nos sacaras de aquel apuro». El duque sonrió: «Lo recuerdo muy bien. Fue prácticamente la última vez que ejercí el ministerio eclesiástico antes de abrirme al laicado. No está mal haber terminado con aquello asistiendo a un milagro, ¿no te parece?». El relato de este lance surrealista quedó interrumpido porque en ese momento vino alguien con la noticia que Camilo José Cela, al que negaban el galardón año tras año, acababa de declarar en Radio Nacional que el Premio Cervantes era una mierda. «Este Camilón ha ido a Estocolmo a promocionarse para el Nobel. Ante el pleno de la Academia Sueca ha afirmado que puede absorber por el culo una palangana llena de agua», comentó Torrente. «En ese caso, seguro que le dan el Nobel de Física», dijo el duque.

Puesto que me había nombrado su biógrafo oficial siendo testigo el rey de España, lamenté no tener el talento de Valle-Inclán, ya que Jesús Aguirre, como personaje, podía desafiar con ventaja a cualquier ejemplar de la corte de los milagros. Según Valle-Inclán, el esperpento consiste en reflejar la historia de España en los espejos deformantes del callejón del Gato. Si este hijo natural, clérigo volteriano, luego secularizado y transformado en duque de Alba, se hubiera expuesto ante esos espejos, probablemente los habría roto en pedazos sin tocarlos o tal vez en el fondo del vidrio polvoriento habría aparecido la figura del Capitán Araña.

Terminado el acto académico en Alcalá de Henares, cuando regresaba a Madrid, en la radio del coche balaba la cabrita de Julio Iglesias echando caramelos por la boca. El locutor interrumpió la canción Soy un truhán, soy un señor para dar la noticia de la muerte de otro militar a manos de ETA, seguida de las condolencias y repulsas de los políticos, entre las que sobresalía la voz engallada del ministro socialista de Interior con la amenaza difusa de tomar represalias. Luego en la radio sonó El vals de lasmariposas, de Danny Daniel, mientras yo trataba de recordar cuándo y en qué lugar me había encontrado por primera vez con Jesús Aguirre.

1970

Unbellodálmatasepaseabaentrelibros delaEscueladeFrancfortyelodiocomenzó rompiendoalpinosescaparates

La memoria me llevó al palacete con jardín de la plaza del Marqués de Salamanca, donde estaba ubicada la editorial Tauros, que entonces era un negocio del banquero Alfonso Fierro, adquirido a Pancho Pérez González, su fundador. Se movía por allí un gerente barbudo llamado Sanabria, de la confianza del Banco Ibérico, con aspecto de no tener idea de libros, aunque en aquel tiempo consoló llevar barba ya se tenía mucho ganado como intelectual. Sentado a una mesa en un rincón se hallaba un jovencito silencioso, muy introspectivo, que después sería el novelista José María Guelbenzu. En el zaguán se había cruzado conmigo un muchacho, a quien alguien llamó Jaime. Llevaba de la correa a un perro, los dos tan bellos como distantes. Ni el uno me ladró ni el otro se dignó mirarme. El perro era un dálmata y Jaime era hijo de Fierro, el amo del asunto, quien, según decían, había sido imantado por la inteligencia de Jesús Aguirre,

Probablemente era la primavera de 1970, cuando yo pretendía escribir una biografía de Azaña, una estampa política o cosa parecida. Tenía una amiga feminista de la vía dura, con una tijera estampada en la camiseta entre los senos, Vicki Lobo, a quien todos los años al llegar el 14 de abril, excitada con la flor de las acacias, le salían ronchas republicanas en la cara, y alentado por ella me presenté sin previo aviso en la editorial Taurus. Tenía entendido que para hablar con Aguirre había que pedir audiencia como si se tratara de un ministro o más y que él la concedía a capricho y con mucha reserva, pero ante mi sorpresa fui introducido enseguida por la secretaria Maripi en su despacho y

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